Sabemos que todo objeto está rodeado de un campo de energía. Cualquier cosa que tenga una estructura atómica tendrá este campo. Cada átomo está compuesto por protones y electrones que están en continuo movimiento. Estos, son vibraciones de energía eléctrica y magnética. El aura es el campo de energía que rodea toda materia.

En la vida animada esta energía es más activa y vibrante que la de la materia inanimada. Por lo tanto podremos apreciar más y ver más extensión, luminosidad y variación en el aura de los árboles, animales, plantas y en las personas.

En el ser humano rodea e interpenetra su cuerpo físico. Va en todas direcciones, es tridimensional, tiene diferentes vibraciones que se manifiestan de varias maneras. Son partículas que permanecen en suspensión alrededor del cuerpo en un campo de forma oval, al cual se le acostumbra llamar «huevo áurico». No sólo se extiende por encima de la cabeza sino también va más allá de los pies hundiéndose en el piso. La parte que se puede ver con mayor facilidad se extiende desde los 3 milímetros del cuerpo físico, hasta 1 metro , pero también alcanza otras distancias 

Cada persona tiene su propio aura y no existen dos exactamente iguales, si bien pueden ser muy parecidas. 

El estudio del aura del ser humano nos ofrece la posibilidad de poder determinar no sólo aspectos físicos, sino que esta bella vestidura que nos envuelve, es la expresión de una fuerza dinámica donde se codifica la totalidad de nuestra individualidad. Es un sistema que genera nuestra compleja existencia, donde se trasluce la vida física, mental y espiritual; un vínculo interactivo entre lo interior y exterior de cada uno; una manifestación de una fuerza vital interior en contacto con la omnipotente Naturaleza, cuyos potenciales podemos mejorar conscientemente. 

Esta extensión de nuestro ser no se desvanece ni con el tiempo ni tiene vida útil, existe siempre. A tal punto que muchos filósofos, religiones y pensadores opinan que tal vez sea la envoltura que nos traslada después de la muerte hacia la eternidad, hacia la 4ta., 5ta. u otra dimensión.

Me gusta decir que este brillo que viene de la fuente de vida que nos hace «ser», es un destello de la luz de Dios que aparece con el misterio de la vida. 

Es a través del aura que nos intercomunicamos con el cosmos y con todos los tipos de energía, sea benéfica o nociva, y contiene un conjunto de características únicas que se expresan a través del color, la intensidad, una estructura y capacidad de expansión. 

El sistema áurico está en continuo cambio, aunque existe un patrón básico prácticamente estable. Los estados emocionales, las relaciones sociales, los cambios biológicos, las situaciones de vida y otros factores son los que la van modificando.

Como toda creación de la naturaleza bien organizada, el aura tiene la capacidad de rechazar las energías nocivas y dejar penetrar las positivas, brindándonos información al respecto. La relación con la mente es íntimamente estrecha a tal punto que una persona con pensamientos positivos, indefectiblemente ampliará y vigorizará su aura (acostumbro decir a mis alumnos: «detrás del pensamiento va la energía»).

Por ser el aura la manifestación del estado actual de una persona, nos brinda datos en cuanto a equilibrios y desequilibrios emocionales, fisiológicos y espirituales, los cuales nos dan pautas de cómo podrá enfrentar su futuro.

Desde nuestro nacimiento tenemos la capacidad natural de ver el aura, pero lamentablemente la vamos perdiendo por la falta de su práctica consciente, ya que tenemos que aceptar la estructura social establecida por los adultos, y más aún cuando nuestra educación estudiantil se dedica exclusivamente al desarrollo del lado izquierdo del cerebro (la razón), dejando de lado en gran parte los temas como la intuición, percepción extrasensorial, la psicoquinesis y otros.

Una de mis tareas en esta etapa, es enseñar a los alumnos no sólo a poder visualizar el aura, sino a interpretarla, aprender sus códigos y saber cómo “introducirnos” en este sistema para lograr cambios positivos, cuyo reflejo se verá en el presente y por supuesto también en el futuro. Desde la primera clase comienzan a ver y a sentir el aura, lo cual alienta el aprendizaje, y a los dos meses aproximadamente, observándonos uno por uno y en ciertas condiciones ambientales que favorecen a la visión periférica, verificamos el desarrollo de nuestra visión áurica ya que la mayoría coincide en los colores y en las zonas del sistema áurico que vemos en los compañeros. Todos podemos “ver el aura” si llegamos al conocimiento y entrenamos debidamente, siendo una excelente herramienta para un terapeuta, ya que ayuda a elaborar un buen diagnóstico que nos posibilita realizar un mejor tratamiento.