Etimológicamente la palabra masaje acepta varias acepciones de diferentes orígenes. Algunos de estos son:

*      Makeh (sánscrito): apretar con suavidad.

*      Massien (griego): amasar, frotar. Mansa (raíz latina): tocar, asir, estrujar o amasar.

*      Mashech(hebreo): palpar, tantear.

*      Mass o mass'h (árabe): tocar con sensibilidad.

*      Masser (francés): amasar, sobar.

Instintivamente, si nos golpeamos atinamos a frotar la zona dolorida.

Si un amigo o un familiar está abatido apoyamos nuestra mano en su hombro o acariciamos su espalda para

demostrar  no sólo el cariño  sino para aliviar de alguna forma su sentimiento de tristeza.

Frotarnos las manos para darnos calor y energía, lo hacemos en las sienes si tenemos dolor de cabeza, apoyamos la mano

en la “pancita” de un bebé  para aliviar sus dolores… y tantos ejemplos que cada uno en su cotidiano puede realizar, a veces

sin tener conciencia de ello.

El masaje utiliza diferentes técnicas que tienden a equilibrar o reequilibrar  nuestro ser físico y espiritual.

También a través de él, logramos liberar las toxinas que se generan en nuestro cuerpo, sea a nivel superficial de la piel o más profundo.

La utilización de los aceites esenciales en el masaje   (su uso es ancestral) aportan sus beneficios de acuerdo a los desequilibrios

que tengamos que tratar.

Entran estos aromas por el olfato, luego por la piel, para pasar a la microcirculación del cuerpo.

Su acción terapeútica es amplia, y en diversos  planos (emocional, físico, espiritual) sea desde aliviar una contractura, un dolor

de cabeza, hasta ayudar a descansar mejor o insuflar de energía equilibradora a una persona que sufre depresión entre otros.

Hay una interacción benéfica entre el masajista y su paciente, un fluir de la energía para lograr mejorar su estado e incluso  el de ambos.